Bolsonaro, presidente: de contradicciones y decepciones

Mundo · Antonio R. Rubio Plo
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5 noviembre 2018
El electorado brasileño ha dado la espalda a los temores sobre la llegada del fascismo a su país, expresados por Noam Chomsky y otras catorce personalidades de izquierda en la prensa internacional, y ha votado por Jair Bolsonaro, el candidato del Partido Social Liberal (PSL), una agrupación que, sin embargo, ha obtenido una escasa representación parlamentaria, un 10% en la Cámara de Diputados y menos de un 5% en el Senado. El manifiesto alarmista de izquierdas, que apareció en la prensa internacional, animaba, en definitiva, a votar a Fernando Haddad, candidato del Partido de los Trabajadores (PT), a pesar de que era un testaferro de Lula da Silva, el expresidente condenado por corrupción. Desde esa perspectiva Haddad sería el candidato de la moderación frente al extremismo, pero dicho argumento no puede convencer a quienes están cansados de escándalos de corrupción, que afectan incluso al partido que, con Lula, pretendía dejar atrás otra época de desprestigio de la política.

El electorado brasileño ha dado la espalda a los temores sobre la llegada del fascismo a su país, expresados por Noam Chomsky y otras catorce personalidades de izquierda en la prensa internacional, y ha votado por Jair Bolsonaro, el candidato del Partido Social Liberal (PSL), una agrupación que, sin embargo, ha obtenido una escasa representación parlamentaria, un 10% en la Cámara de Diputados y menos de un 5% en el Senado. El manifiesto alarmista de izquierdas, que apareció en la prensa internacional, animaba, en definitiva, a votar a Fernando Haddad, candidato del Partido de los Trabajadores (PT), a pesar de que era un testaferro de Lula da Silva, el expresidente condenado por corrupción. Desde esa perspectiva Haddad sería el candidato de la moderación frente al extremismo, pero dicho argumento no puede convencer a quienes están cansados de escándalos de corrupción, que afectan incluso al partido que, con Lula, pretendía dejar atrás otra época de desprestigio de la política.

Los electores han proporcionado a Bolsonaro un voto de confianza en detrimento de los partidos tradicionales. Con su voto han elevado al poder a un símbolo, más que a un hombre concreto. No es un voto de adhesión sino un voto de disconformidad con la situación existente, en la que las noticias sobre la corrupción o la violencia sorprenden a poca gente. Con todo, es un poco pronto para considerar al nuevo presidente como un Trump brasileño, aunque ambos coincidan en profusión de gestos extemporáneos. Coinciden también en que no simpatizan con los medios de comunicación mayoritarios, y parece que la Folha de Sao Paulo, un periódico casi centenario, no está entre las simpatías de Bolsonaro, aunque no es el único caso. El presidente electo acusa a esos medios de faltar a la verdad y el enfrentamiento está servido desde antes de iniciarse el mandato.

Cuando un candidato vence porque su discurso es un alegato contra el sistema, cabe preguntarse en qué momento decepcionará a la mayoría de los que le dieron la victoria, porque, en otras circunstancias, Bolsonaro habría quedado eliminado en la primera vuelta. Tiene, por tanto, muchos votos prestados. En el momento en que no se cuide a esos votantes, existe el riesgo de que se decepcionen pronto. Y las decepciones llegan cuando se quiere navegar entre dos aguas. Este es el caso de la economía, porque Bolsonaro pretende dar plenos poderes a Paulo Guedes, un gurú económico ultraliberal, que llevarían a la privatización de empresas públicas, algo capaz de aliviar el déficit público. Pero este enfoque liberal chocará, sin duda, con los sectores nacionalistas, entre los que hay antiguos militares, que abogan por el mantenimiento de empresas públicas como signo indispensable de la identidad de un país. Y nos olvidemos la cuestión ecológica. Se atribuye a Bolsonaro poca sensibilidad en estos temas, pues es, al igual que Trump, de los que niegan la existencia del cambio climático. Ni que decir tiene que cualquier iniciativa destinada a reducir la protección ambiental de la Amazonia encontrará un rechazo, amplificado por los medios de todo en el mundo, en sectores socio-políticos brasileños.

Si la democracia, incluso la democracia presidencialista, se construye en torno a la separación de poderes, cabe pronosticar que el camino de Bolsonaro no será fácil, sobre todo en sus relaciones con el poder legislativo. Dados los escasos efectivos con que cuenta su partido, lo más prudente sería construir mayorías presidenciales para sacar adelante cualquier proyecto de reforma. Lo contrario sería iniciar una ruta en la que los vetos presidenciales, o la amenaza de los mismos, sean algo habitual. Además, todo clima de enquistamiento político solo sirve para alimentar el victimismo de un presidente, que se presentará maltratado por una prensa y una oposición encarnizadamente hostiles.

Con Bolsonaro, la “antipolítica” ha triunfado en política. Lo complejo ahora es construir el futuro en un país que hasta hace poco aparecía como una gran potencia emergente y que ahora sigue anclado en la inestabilidad.

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