Andreotti, el político que huía del maniqueísmo

Mundo · Massimo Borghesi
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8 mayo 2013
Con Andreotti seva uno de los grandes protagonistas de la Italia de posguerra. Un estadista yun político que ha suscitado sentimientos contrastados de admiración yoposición, que ha sabido imponerse con su tenacidad y su testimonio digno, antesus mismos adversarios. 

Lo recuerdo,amable y agudo en sus observaciones, con su ironía sutil y al mismo tiempofirme en su fe católica, en los encuentros mensuales que, como director de larevista internacional 30 Giorni, tenía en suestudio romano de la Plaza San Lorenzo en Lucina, en el que el conjunto de lasfotos de él con los grandes de la tierra daba la impresión de estar en elcentro del mundo. Un encargo, el de 30 Giorni, que había aceptado en los años 90, en el periodo de su desgraciapolítica, por invitación de don Giacomo Tantardini, sacerdote al que le uníauna gran amistad y un profundo afecto y que era la verdadera alma teológica dela revista. Como director, desarrollaba su labor con cuidado. Recuerdo suslibretas de apuntes, que llevaba consigo, y sus consejos, siempre preciados.Ponía a disposición su enorme conocimiento de la Iglesia y de las relacionesinternacionales, individuaba los contactos adecuados, las personas con las quehablar y a las que entrevistar. En el plano político, en los últimos años lehabían hecho justicia.

En 2006, con87 años, se presentó candidato, bajo propuesta de Perferdinando Casini y GianniLetta, al puesto de vicepresidente de Estado. Se trataba de una propuestapreocupada por unir, con una figura de prestigio apreciada también por laizquierda, mayoría y oposición. Una perspectiva que no le desagradaba. En unaentrevista a La stampa (22/04/06)había querido subrayar dos aclaraciones: "Provengo de DemocraciaCristiana: no hay más". Un "no hay más" revindicado,con orgullo, como expresión de una tradición política condenada a la derrotahistórica, no a la ideal.

Para Andreotti,el ser democristiano coincidía con asumir la gran lección de su maestro, Alcidede Gasperi. De él había tomado la enseñanza clave para el catolicismopolítico-democrático: evitar en Italia, en la medida de lo posible, el resurgirdel conflicto histórico entre güelfos y gibelinos, clericales y anticlericales.Una lucha que, desde la Unión en adelante, había turbado y dividido laconciencia del país. Para Andreotti, este espíritu unitario se habíatraducido, a partir de los años 60, en una política externa que, a la par queFanfani y La Pira, privilegiaba la seguridad de Israel en el cuadro de undiálogo con los países árabes que lindan con el Mediterráneo, atenta a loslegítimos derechos del pueblo palestino en el ámbito de una política de paz enMedio Oriente. Después del 89, el mismo espíritu lo había llevado, después deser presidente del Consejo durante el "compromiso histórico" DC-PCIen 1976, a priorizar una política del bien común fuera de la lógica bipolar,maniquea e ideológica.

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