Amanecer en el tren

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18 agosto 2014
El cielo está oscuro. Son pasadas las siete. Me siento en un sitio que no es el asignado para mí para no tener a nadie al lado. Pero al poco rato llega alguien y se sienta junto a mí. Es un joven de mi misma edad. Rubio. Tiene sueño.

El cielo está oscuro. Son pasadas las siete. Me siento en un sitio que no es el asignado para mí para no tener a nadie al lado. Pero al poco rato llega alguien y se sienta junto a mí. Es un joven de mi misma edad. Rubio. Tiene sueño. Durante todo el viaje lo que hace es: mirar el móvil, encender el ordenador, mirar el correo del trabajo -de reojo he podido ver que es empleado de Oliver Wyman-, apagar el ordenador. Está muy inquieto y a la vez cansado. También ha dormido a lo largo del viaje. He estado a punto de volver a cambiarme de sitio, pero, no sé si por pudor o por pereza, me he quedado como anclada donde estaba.

En torno a las ocho el paisaje ha empezado a cobrar un poco de luz. Ha sido a la derecha del tren, en el este. Veníamos del sur. Una serie de rayos salían de las nubes tan luminosos que cualquier niño habría creído, si un adulto u otro niño se lo hubiera contado, que el cielo, el cielo adonde van los que mueren, se esconde dentro de ellas. Eso he creído yo.

He deseado despertar a Mr. Wyman para compartir con él esa belleza. No, por supuesto que no lo he hecho. He sufrido pensando que tal vez ni siquiera se haya dado cuenta de esa luz celestial.

Al otro lado del pasillo, sin embargo, había un hombre. Canoso, con no tanto pelo como alguna vez no dudo que tuvo. Un hombre que, pluma en mano, estaba escribiendo – con toda seguridad- a sus seres más queridos. Su mirada iba de la pluma a las hojas, y de éstas… Al sol. A esos rayos divinos. Lo que es más admirable aún, este hombre a veces se detenía -bien mirando el paisaje, bien mirando hacia el frente dentro del tren- y sonreía. Entonces me llegaba un haz de luz de su mirada. Un haz de luz de sus ojos marrones sólo para mí. Y lo que es un regalo para uno, lo es también para el mundo.

En mitad de este episodio paradisíaco, una mano procedente de no sé sabe dónde ha bajado la persianita que estaba inspirando al buen hombre. Él ha parecido no inmutarse en un inicio. Su corazón está alegre, me he dicho para mis adentros, y está tranquilo, porque ya ha visto. En cambio, para mi (de nuevo) sorpresa, unos instantes más tarde he descubierto que el escritor de cartas se había cambiado de sitio a uno que le volvía a ofrecer ese manjar paisajístico. Es un hombre libre, he constatado. Un hombre que ha visto la belleza y que, pudiendo seguir viéndola más tiempo, se ha movido.

Cerca de las nueve y media el tren ha llegado a la estación de destino. Mr. Wyman se ha puesto su chaqueta de trabajo y, con cara de dormido, se ha esforzado por salir el primero del vagón, si no también del tren. Muchas prisas. Yo me he quedado la última, como suelo hacer. Una vez fuera, acelero la marcha. Subo escaleras mecánicas y no mecánicas. Tengo que llegar cuanto antes al trabajo. Cojo un taxi en la parada. Le entrego mi maleta al taxista, que resultará ser de un pueblo de Ávila llamado El Barco. Se pone en marcha y desde mi asiento diviso al joven que ha compartido -casi sin saberlo- el viaje conmigo. Continúa adormecido. ¿Despertará?

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