20 años después del muro, sigue en pie el yo

Mundo · Fernando de Haro
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9 noviembre 2009
Era noviembre del 88. Dominaba el silencio y el cielo gris. Fuimos hasta una zona en la que se viera bien Berlín Oriental. En realidad había dos muros. El de la parte occidental y el de la parte oriental. En medio, unos cien metros de tierra de nadie. En esa tierra de nadie, las garitas del ejército y unos córvidos, quizás grajos, gordos que saltaban sobre el cemento. Dominaba el silencio. Éramos un grupo de periodistas que habíamos viajado a Berlín invitados por una multinacional.

Por la noche pasamos al otro lado en metro, después de haber comprado un buen puñado de marcos de la RDA que no podían gastarse más que en tres o cuatro cervecerías y supermercados de la primera calle del Este. Era la única iluminada, las demás estaban oscuras y en silencio. Nada hacía presagiar entonces que un año después todo se desmoronaría y que el silencio se acabaría.

Este lunes en ABC Emilio Lamo de Espinosa escribe que "la mejor interpretación de 1989 la dio el economista y socialista americano Robert Heilbroner en un artículo de New Yorker cuando afirmó que el socialismo estaba acabado y el capitalismo ha ganado". "El capitalismo organiza los asuntos materiales de la humanidad más satisfactoriamente que el socialismo".

¿Sólo una razón económica? Wojtyła, el Papa polaco, protagonista de la caída del comunismo, no se conformaba con esa explicación. En su libro Memoria e identidad,  publicado antes de morir, asegura: "he dicho que su caída se debió principalmente a los defectos de su doctrina económica", pero -añade- "quedarse en los factores económicos sería una simplificación más bien ingenua". Sería ridículo considerar al Papa como el que derribó con sus manos el comunismo. Pero en seguida Juan Pablo II afirma que la explicación de lo sucedido con el Muro se encuentra en el Evangelio. Y cita la frase de  sorpresa que  los discípulos le dicen a Jesús: "hasta los demonios se nos someten en tu nombre".

El Papa polaco, que había fraguado un modelo de oposición social al comunismo no reactiva ni ideológica, capaz de mirar a los ojos a los responsables del régimen totalitario que les oprimía, señala la importancia de la fe, del cristianismo, como elemento clave para liberar a Europa de un mal que se había convertido en sistema. Juan Pablo II ya anciano, que había sido un campeón de los derechos humanos, después de esta afirmación se pregunta "¿Qué es la libertad?".

Responder a esta pregunta, "si ya era importante en el pasado, lo es mucho más tras los acontecimientos de 1989". "Después -añade el Papa polaco- de la caída de los sistemas totalitarios, las sociedades se sintieron libres, pero surgió el problema del uso de la libertad". Juan Pablo II, consciente del reto que implica la postmodernidad, se detiene en el reto de la libertad, "se trata de no desperdiciar estos sacrificios", los que se hicieron para derribar el totalitarismo. La postmodernidad, iniciada con la caída del Muro, supone que "cae la última forma de legitimación racional de lo negativo que está en el centro del pensamiento de los dos últimos siglos" (Borghesi), el mal deja de ser un requisito para bien que siempre es utópico. El pensamiento revolucionario es sustituido por el sueño de la superación de las contradicciones, por un "fin de la historia" (Fukuyama) garantizado por el mercado.

Pero, como afirma Benedicto XVI en la Caritas in Veritate, "tras el derrumbe de los sistemas económicos y políticos de los países comunistas de Europa Oriental y el fin de los llamados ‘bloques contrapuestos', hubiera sido necesario un replanteamiento total del desarrollo", y "esto ha ocurrido sólo en parte". Nos despertamos del sueño de noviembre del 89 en septiembre de 2001. Tras la caída de las Torres Gemelas, la pregunta de Juan Pablo II, ¿qué es la libertad?, se hace más aguda, más histórica, más concerniente a lo cotidiano. Las respuestas parecen oscilar necesariamente entre el fundamentalismo y el relativismo, que en realidad son las dos caras de la misma moneda. Un relativismo que entiende la libertad sin verdad y un fundamentalismo que entiende la verdad sin libertad: "afirmación de la verdad sin el yo (fundamentalismo) y/o afirmación de un yo sin verdad (relativismo)" (Espósito).

Zapatero es un ejemplo claro del relativismo, no por casualidad sostiene que no es "la verdad la que nos hace libres sino la libertad las que no hace verdaderos". Fundamentalismo y relativismo son  las claves para describir el Occidente secularizado y el Oriente que se echa en brazos del islamismo. Pero también hay cierto occidentalismo, antizapaterismo diríamos nosotros, que prescinde del yo. "El nexo entre relativismo y fundamentalismo (…) puede ser localizado también dentro de nuestra misma cultura (…), entre los que no aceptan el relativismo y están dispuestos a combatirlo pero afirman una ‘verdad' que concierne únicamente al absoluto intemporal, mientras que la historia está presente sólo en el campo de lo relativo" (Espósito).

Veinte años después de la caída del muro sólo el yo nos salva de las trampas del relativismo y del fundamentalismo. El yo, ese espacio en el que la verdad no es una doctrina sino una experiencia histórica, en el que la libertad juega un papel decisivo. Sin el yo vuelve el silencio y los córvidos, quizás grajos, sobre el cemento gris.

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